Debería, esta semana que puedo, dormir más horas que nunca, descansar para prepararme física y mentalmente, para estar renovado y predispuesto al estudio. Pero no puedo. Nunca puedo hacer las cosas bien, lo consideraría una maldición si no fuera plenamente consciente de que no es culpa de ningún agente externo, sino de mis propias debilidades, de los recovecos extraños de mi carácter. Mientras más tiempo tengo, mientras más consciente soy de que debo organizarlo y aprovecharlo, menos voluntad tengo de hacer tal cosa. Cuando trabajo varias noches seguidas, y por necesidad duermo poco, aunque estoy más que acostumbrado después de casi siete años al final lo noto, y pienso "Estos días de fiesta tengo que aprovecharlos para dormir por lo menos ocho horas..." Pero no. Llega la fiesta, y no es que me empeñe en no dormir, es simplemente que el sueño no llega, que mientras más quiero menos puedo, y al final duermo tan poco o menos que los días que trabajo.

Soy muy cuadriculado, un animal de costumbres. Solo me permito improvisar en los campos de mi vida en que es necesaria la improvisación, pero en general me gusta hacer las cosas de una determinada manera y en un determinado momento, siempre de la misma manera y en el mismo momento, y eso me lleva, soy consciente, a una especie de ritualización de mi vida cotidiana. Mi mujer, que me conoce bien, siempre dice riendo que si mira su reloj puede adivinar lo que estoy haciendo en ese momento allá donde esté, porque es cierto que suelo hacer las mismas cosas en momentos determinados. Soy muy previsible y maniático. Y para el tema del insomnio esto se multiplica.

Desde hace semanas, TV3 emite diariamente de madrugada los episodios de todas las temporadas de Voyager, serie independiente de la saga Star Trek, bueno, pues los días de fiesta no puedo dormir si no veo el episodio correspondiente. Ya sé, pensaréis que soy un "trekkie" compulsivo. Pues no. Nunca he sido especialmente seguidor del universo star trek, y de hecho la serie original del capitán Kirk y Mr. Spock me gusta más bien poco, toda una blasfemia para los trekkies. Pero ahora, vete tú a saber por qué razón, necesito mi dosis diaria de Voyager para poder ir a la cama con garantías de reposo. Y sin tales garantías prefiero no ir, dar vueltas de un lado a otro incapaz de dormir, poniéndome progresivamente más nervioso, y tocando las narices a mi mujer, es mucho peor. Ella lleva más o menos bien mis manías (O eso deduzco, ya que las conoce mejor que nadie, y las tolera) Muchas veces le he dicho que me espere en la cama, pero me responde que prefiere estar conmigo donde sea que sola en una cama desierta. No se lo discuto, porque opino igual. De modo que se ha convertido también en un rito para nosotros lo que podríamos llamar el antesueño, ese rato más o menos largo en que mi mujer y yo compartimos sofá, ella dormida acurrucada a mi lado mientras yo veo Voyager con el ansia de quien necesita una dosis de droga.

A veces, si ella está despierta, es en esos momentos cuando tenemos nuestras conversaciones más profundas, surrealistas y descabelladas. Cuando hablamos de los temas que exceden la cotidianeidad, cuando dejamos de lado las anécdotas del trabajo, los problemas familiares y los inevitables comentarios de actualidad, y nos sumergimos en nuestros propios mundos y submundos mentales. Si ella se duerme, cosa habitual porque es mucho más dormilona que yo, entonces simplemente la contemplo en silencio, como también hago cuando compartimos nuestro lecho conyuga. Ella serena y fría, los ojos cerrados y la boca apretada, y yo a su lado consumiéndome en la hoguera de mis propias obsesiones y contradicciones. A veces la acaricio, suavecito, para no despertarla. A veces ni siquiera eso, solo la miro. Me podría pasar la vida mirándola. Diría más, aunque al final también se vuelva rito, otro de los ritos que me gobiernan, QUIERO pasar el resto de mis días mirándola, sintiéndola a mi lado, compartiendo la cama y la vida con ella.